lunes, 27 de octubre de 2014

Un vistazo al regalo de cumpleaños

He pensado en varias ideas para ser mi segunda entrada. La considero más importante que la primera, porque ya se acabó la habladera de introducción. 



La cuestión es que esto comencé a escribirlo hace un tiempo, pensando en que pronto tendría donde publicarlo. So here it is.



Tras meses de espera, al fin llegamos a Marruecos.

Esperando conseguirme con Sherezade y miles de telas ondeantes y hermosas en el aeropuerto, mi ilusión infantil e ingenua se encontró de con un control de inmigración parecido al venezolano: llena tu hojita ridícula en la que aclaras que no llevas animales en la maleta y que sólo vienes a visitar.

"Los países complejos sienten la necesidad de apretar el control y en ejercer algo de orden dentro del desorden" - una conclusión generalizada y llena de ignorancia a la que llegué en ese momento.

Emprendimos nuestro viaje hasta el hotel en un taxi viejo y caro -porque descubrimos que en este mundo árabe nada era bueno, bonito y barato al mismo tiempo, mientras tengas cara de turista- y me encontré con una ciudad tan parecida a Puerto La Cruz y Maturín que, básicamente, quería quedarme siglos fotografiando a las mujeres con velo para sentir que estaba en un país exótico. Todo era normal: la gente maneja como loca, los peatones cruzan por donde quieren, hay un montón de terrenos vacíos y otra pila de complejos residenciales en construcción como cualquier otro que se ve en Venezuela.

Me rompieron la maleta en el hotel pero como quedaba frente a la playa y era hermoso me importó muy poco. Así que luego de de botar la maleta rota en el cuarto salimos en una travesía inesperada organizada por el conserje del hotel junto a un taxista que se convirtió en una de las mejores anécdotas del viaje: machucaba el español y un poco mejor el francés así que conmigo claramente no se entendía. Mi francés es tan precario como el inglés de Guachu.

En fin, Yousef, el taxista, con un soundtrack lleno de música de discoteca europea de gente que no sabe bailar- pero lo intenta hasta el cansancio- nos paseó por las zonas de Tánger llenas de Palacios de los tíos, primos, cuñados y suegros de toda la alta élite del mundo árabe. Él relataba con emoción quién era el dueño de cada casa y Kevin intentaba fingir interés mientras yo quedaba embobada con la vista al mar desde las lomas que recorríamos. Igual seguía pareciendo  Puerto La Cruz pero era precioso.

Los 35 euros por las dos horas con Yousef valieron la pena: reímos con aquel personaje tan particular que en cholas y jean nos llevó a la unión del Mediterráneo con el Atlántico (una unión de corrientes que no le hace justicia a aquel spot tan importante) y a una de las pequeñas aventuras de este viaje que me llenó de una dicha inigualable: yo, la obsesiva y amante de los animales, pude acariciar a una camella. Nadia, a quien le coloqué el título de "mi amiga" aunque ella no haya accedido a esa amistad, me hizo fortalecer aún más el amor que siento por los animales.






Montamos camellos en el atardecer, en la playa, con una vista increíble. Aquí se lee increíblemente cursi, pero lo que en realidad fue ese momento es inexplicable. Más allá de cualquier romanticismo, la grandeza de una experiencia tan distinta, distante, tan poderosa, no tiene padrote. Para los dos fue igual: no había palabras para tal cosa. Que beso, ni que beso. Éramos nosotros con los camellos. Era arrechísimo. Ya no me sentía en Puerto La Cruz. (Esto nos costó 20 euros más pero si alguna vez les cobran más que eso, páguenlo igual).



Todo se sentía "normal" hasta ese momento. Increíbles los camellos y como buenos turistas venezolanos, decidimos prescindir del almuerzo en el restaurant del hotel a 50 euros por cabeza, así que comenzamos a caminar por la avenida en la que quedaba el hotel. Frente al mar, con mucha vida, restaurantes, discotecas sin alcohol y hombre... decenas y decenas de hombres. 






En esta caminata comenzamos poco a poco a notar la poca cantidad de mujeres que caminan por las calles. Divisamos unas pocas veces a algunas que iban con sus parejas, o tal vez dos mujeres juntas, pero de resto todos los transeúntes eran hombres. Marruecos es un país musulmán "light" en donde las mujeres pueden andar sin su velo, vestirse con pantalones y franelas sin exhibir demasiado, pero siguen siendo un grupo totalmente anclado a las decisiones de los hombres. 


Nos sentamos a comer en una pizzería llena de hombres y dos mujeres. Caminamos por las calles y había más hombres y cero mujeres. Claramente, la consecuencia de esto me cayó sobre mi: yo era un bicho raro. Mis pantalones pegados y mi camiseta sin mangas eran el centro de atención. Si alguna vez se sienten feas, váyanse a Tánger unas horas y se les pasa. Más de unas horas ahí y comenzarán a sentirse como un pequeño trozo de carne exótica. Llegó a ser incómodo para los dos, así que tras ser perseguidos por un recogelatas que nos ofreció porros, decidimos que era momento de regresar al hotel. 



Nuestro día siguiente era esencial: era el día para vivir la experiencia marroquí como mandan los dioses (para que ninguno se sienta ofendido). Así que nos levantamos temprano, corrimos al desayuno y... comenzó a llover. 
El desánimo se apoderó de mi, así que decido creer que el interminable optimismo de Kevin provocó que escampara a las 12m. Salí corriendo de ese hotel, casi abrazo al guía de la emoción, pero me acordé que si lo hacía capaz me metían presa, so I didn't. 



"Pareces una marroquí casada con un occidental" - El guía.



Ahí entendí lo de la noche anterior: era una traidora, loca que usaba ropa pegada al cuerpo. 



"Pues soy venezolana, chilena y portuguesa, señor"- Yo.




La aventura era real: nos introdujimos en la ciudad antigua, amurallada, con calles estrechas y casas tradicionales, pequeñas, pegadas las unas a las otras. 










Los mercados, llenos de artesanías, snacks típicos, y shampoo. Les envidié muchísimo el shampoo.







Tal vez lo más intenso del día fue tratar de explicarles a los dueños de un bazar con artesanías y alfombras espectaculares que éramos venezolanos, ergo, no podíamos gastar 2mil euros en una alfombra. Les compré 30 euros en pulseras y casi nos escupen a la salida. Creo que se arrepintieron de servirnos té de yerbabuena. Culpo a Kevin de que pensaran que teníamos dinero. Él es el que parece inglés, yo sólo soy la traidora. 



No nos decepcionó el Mcdonalds marroquí, porque traía mostaza Dijon. Y la comida típica resultó ser complicada para nuestros estómagos: mi Tahini era un pollo al horno (que aborrezco) y el cous cous de cordero era un cerro de trigo intragable. Pero nos trataron bien y me dieron una montaña de aceitunas. So that's good. 



Hubo muchas veces que me sentí en Caracas: el desorden se nos hace familiar. Y hubo muchas otras en las que me sentí en un túnel del tiempo. Tal vez lo que marcó tajantemente la diferencia de culturas fue, justamente, el apego tan intenso que tienen ellos por la suya. 



Estamos habituados- por lo menos del pedazo occidental de donde yo vengo- a criticar las formas "retrógradas" del mundo musulmán, pero es que ahora no siento que su anclaje al pasado siempre tenga que ser peyorativo. Si bien la mujer está en una posición muy poco ventajosa y fuerte desde nuestro punto de vista, esto no es todo lo que significa ser musulmán. 



El llamado a la oración, que retumba en altavoces por toda la ciudad, es un símbolo de fe, unión y tradición que ellos se rehúsan a perder. Mientras que los domingos en la iglesia son opcionales en nuestras tierras, ellos se mantienen firmes en sus prácticas. Todos y cada uno de ellos. 



El uso de sus trajes tradicionales no es obligatorio, pero ellos lo llevan con orgullo. Mi mundo occidental lo utiliza en fiestas, y son muy pocos lo que de verdad lo hacen. 



Hornean pan en un horno colectivo, porque el sabor es mejor, y no buscan con desespero el pragmatismo. Y cada semana, por lo menos una vez, se lavan en los baños públicos o hammams, para quitarse de encima los pecados y las malas energías. 


No es que un mundo esté bien y el otro mal. Mi conclusión muy personal: en los dos mundos se cometen atrocidades de niveles inhumanos. Y aunque no quisiera, por nada del mundo, haber nacido del otro lado de esta tierra, admiro su pasión por su cultura, su religión y sus tradiciones. Todos saben de dónde vienen y esa es la forma en que considero que uno puede saber hacia dónde va. 




Es un favor que nos hacemos a nosotros mismos conocer culturas tan distantes a las nuestras. Mientras nos detenemos a darle más valor a muchos rasgos de la nuestra, nos damos cuenta que en este mundo nadie sostiene la verdad, ni mucho menos una razón absoluta. 


lunes, 13 de octubre de 2014

A leap of faith


Mi miedo a fallar es uno de mis más grandes defectos. Sin ánimos de lanzarme al caño en mi primer post en este blog, debo aclarar que también lo veo como una gran virtud: me mantiene activa, siempre buscando la forma de superarme, investigando, leyendo, yadah, yadah, yadah. Pero esta condición perfeccionista que padezco, a veces, logra sacar lo peor de mí: me pone temerosa, dudo de mí más de lo saludable y pospongo la materialización de muchos deseos instintivos por mi empeño en hacer de mi primera idea una idea mejor, una idea más arrecha, más wow, más más. Padezco de lo que llamo: autosabotaje creativo. No me permito fallar, entonces no me permito comenzar.


Este blog tardío (para mí) llega como mi primer intento por superar mi condición y exponerme como una posible fracasada (oooooh). Pero no me importa. Se aprende de los golpes, de los fracasos y, fíjense, estoy más que dispuesta a absorber nuevos conocimientos porque ya terminé la tesis y necesito, aunque sea, este pupitre virtual.


Así que MI joie de vivre se resume en que acá acumularé the good, the bad and the ugly de lo que se me atraviesa por los ojos. Porque, aunque el nombre del blog tenga un tono come flor, la intención de estas publicaciones dista mucho de una con propósito Coelhístico (aunque si encuentran terapéutico algún post, confieso que me consideraré realizada). 

Llamé al blog así porque parte de mis alegrías de vivir pueden volcarse aquí: mi manía por observar -demás- a las personas, mi testarudez al tratar de fijar una posición ante casi todo, conocer gente, hablar y escribir. Y con el cine y los libros (otros de mis más grandes amores) aprendí que la belleza en un relato no está en un final feliz, sino en que logren hacerte sentir. Cualquier cosa, pero sentir. Porque si al cerrar un libro o salir del cine salgo sonreída, llorando, deprimida, miedosa o suspicaz, lo lograron conmigo. Sentir -lo que sea- me hace sentir viva y ahí está la alegría de vivir.



Lanzarme en paracaídas me sería más fácil que aventurarme a hacer esto y ser criticada, pero he observado detenidamente el comportamiento de muchos de mis conocidos en internet y me he dado cuenta de algo: siempre hay alguien que se identifica contigo. Conque sea uno sólo el que lo haga, me consideraré dichosa. Para lanzarme en paracaídas tendré que ponerme a ahorrar.


Así que me lanzo en este paracaídas virtual en busca de al menos una persona que encuentre en mi joie de vivre, la suya también.