He pensado en varias ideas para ser mi segunda entrada. La
considero más importante que la primera, porque ya se acabó la habladera de
introducción.
La cuestión es que esto comencé a escribirlo hace un tiempo, pensando en que
pronto tendría donde publicarlo. So here it is.
Tras meses de espera, al fin llegamos a Marruecos.
Esperando conseguirme con Sherezade y miles de telas
ondeantes y hermosas en el aeropuerto, mi ilusión infantil e ingenua se
encontró de con un control de inmigración parecido al venezolano: llena tu
hojita ridícula en la que aclaras que no llevas animales en la maleta y que
sólo vienes a visitar.
"Los países complejos sienten la necesidad de apretar el
control y en ejercer algo de orden dentro del desorden" - una conclusión
generalizada y llena de ignorancia a la que llegué en ese momento.
Emprendimos nuestro viaje hasta el hotel en un taxi viejo y
caro -porque descubrimos que en este mundo árabe nada era bueno, bonito y
barato al mismo tiempo, mientras tengas cara de turista- y me encontré con una
ciudad tan parecida a Puerto La Cruz y Maturín que, básicamente, quería
quedarme siglos fotografiando a las mujeres con velo para sentir que estaba en
un país exótico. Todo era normal: la gente maneja como loca, los peatones
cruzan por donde quieren, hay un montón de terrenos vacíos y otra pila de
complejos residenciales en construcción como cualquier otro que se ve en
Venezuela.
Me rompieron la maleta en el hotel pero como quedaba frente a
la playa y era hermoso me importó muy poco. Así que luego de de botar la maleta
rota en el cuarto salimos en una travesía inesperada organizada por el conserje
del hotel junto a un taxista que se convirtió en una de las mejores anécdotas
del viaje: machucaba el español y un poco mejor el francés así que conmigo
claramente no se entendía. Mi francés es tan precario como el inglés de Guachu.
En fin, Yousef, el taxista, con un soundtrack lleno de música
de discoteca europea de gente que no sabe bailar- pero lo intenta hasta el
cansancio- nos paseó por las zonas de Tánger llenas de Palacios de los tíos,
primos, cuñados y suegros de toda la alta élite del mundo árabe. Él relataba
con emoción quién era el dueño de cada casa y Kevin intentaba fingir interés
mientras yo quedaba embobada con la vista al mar desde las lomas que
recorríamos. Igual seguía pareciendo Puerto La Cruz pero era precioso.
Los 35 euros por las dos horas con Yousef valieron la pena:
reímos con aquel personaje tan particular que en cholas y jean nos llevó a la
unión del Mediterráneo con el Atlántico (una unión de corrientes que no le hace
justicia a aquel spot tan importante) y a una de las pequeñas aventuras de este
viaje que me llenó de una dicha inigualable: yo, la obsesiva y amante de los
animales, pude acariciar a una camella. Nadia, a quien le coloqué el título de
"mi amiga" aunque ella no haya accedido a esa amistad, me hizo
fortalecer aún más el amor que siento por los animales.
Montamos camellos en el atardecer, en la playa, con una vista
increíble. Aquí se lee increíblemente cursi, pero lo que en realidad fue ese
momento es inexplicable. Más allá de cualquier romanticismo, la grandeza de una
experiencia tan distinta, distante, tan poderosa, no tiene padrote. Para los
dos fue igual: no había palabras para tal cosa. Que beso, ni que beso. Éramos
nosotros con los camellos. Era arrechísimo. Ya no me sentía en Puerto La Cruz.
(Esto nos costó 20 euros más pero si alguna vez les cobran más que eso,
páguenlo igual).
Todo se sentía "normal" hasta ese momento. Increíbles los camellos y
como buenos turistas venezolanos, decidimos prescindir del almuerzo en el
restaurant del hotel a 50 euros por cabeza, así que comenzamos a caminar por la
avenida en la que quedaba el hotel. Frente al mar, con mucha vida,
restaurantes, discotecas sin alcohol y hombre... decenas y decenas de
hombres.
En esta caminata comenzamos poco a poco a notar la poca cantidad de mujeres que
caminan por las calles. Divisamos unas pocas veces a algunas que iban con sus
parejas, o tal vez dos mujeres juntas, pero de resto todos los transeúntes eran
hombres. Marruecos es un país musulmán "light" en donde las
mujeres pueden andar sin su velo, vestirse con pantalones y franelas sin
exhibir demasiado, pero siguen siendo un grupo totalmente anclado a las
decisiones de los hombres.
Nos sentamos a comer en una pizzería llena de hombres y dos mujeres. Caminamos
por las calles y había más hombres y cero mujeres. Claramente, la consecuencia
de esto me cayó sobre mi: yo era un bicho raro. Mis pantalones pegados y mi
camiseta sin mangas eran el centro de atención. Si alguna vez se sienten feas,
váyanse a Tánger unas horas y se les pasa. Más de unas horas ahí y comenzarán a
sentirse como un pequeño trozo de carne exótica. Llegó a ser incómodo para los
dos, así que tras ser perseguidos por un recogelatas que nos ofreció porros,
decidimos que era momento de regresar al hotel.
Nuestro día siguiente era esencial: era el día para vivir la experiencia
marroquí como mandan los dioses (para que ninguno se sienta ofendido). Así que
nos levantamos temprano, corrimos al desayuno y... comenzó a llover.
El desánimo se apoderó de mi, así que decido creer que el
interminable optimismo de Kevin provocó que escampara a las 12m. Salí corriendo
de ese hotel, casi abrazo al guía de la emoción, pero me acordé que si lo hacía
capaz me metían presa, so I didn't.
"Pareces una marroquí casada con un occidental" - El guía.
Ahí entendí lo de la noche anterior: era una traidora, loca que usaba ropa
pegada al cuerpo.
"Pues soy venezolana, chilena y portuguesa, señor"- Yo.
La aventura era real: nos introdujimos en la ciudad antigua, amurallada, con
calles estrechas y casas tradicionales, pequeñas, pegadas las unas a las
otras.
Los mercados, llenos de artesanías, snacks típicos, y shampoo. Les envidié muchísimo el shampoo.
Tal vez lo más intenso del día fue tratar de explicarles a los dueños de un
bazar con artesanías y alfombras espectaculares que éramos venezolanos, ergo,
no podíamos gastar 2mil euros en una alfombra. Les compré 30 euros en pulseras
y casi nos escupen a la salida. Creo que se arrepintieron de servirnos té de
yerbabuena. Culpo a Kevin de que pensaran que teníamos dinero. Él es el que
parece inglés, yo sólo soy la traidora.
No nos decepcionó el Mcdonalds marroquí, porque traía mostaza Dijon. Y la
comida típica resultó ser complicada para nuestros estómagos: mi Tahini era un
pollo al horno (que aborrezco) y el cous cous de cordero era un cerro de trigo
intragable. Pero nos trataron bien y me dieron una montaña de aceitunas. So
that's good.
Hubo muchas veces que me sentí en Caracas: el desorden se nos hace familiar. Y
hubo muchas otras en las que me sentí en un túnel del tiempo. Tal vez lo
que marcó tajantemente la diferencia de culturas fue, justamente, el apego tan
intenso que tienen ellos por la suya.
Estamos habituados- por lo menos del pedazo occidental de donde yo vengo- a
criticar las formas "retrógradas" del mundo musulmán, pero es que
ahora no siento que su anclaje al pasado siempre tenga que ser peyorativo. Si
bien la mujer está en una posición muy poco ventajosa y fuerte desde nuestro
punto de vista, esto no es todo lo que significa ser musulmán.
El llamado a la oración, que retumba en altavoces por toda la ciudad, es un
símbolo de fe, unión y tradición que ellos se rehúsan a perder. Mientras que
los domingos en la iglesia son opcionales en nuestras tierras, ellos se
mantienen firmes en sus prácticas. Todos y cada uno de ellos.
El uso de sus trajes tradicionales no es obligatorio, pero ellos lo llevan con
orgullo. Mi mundo occidental lo utiliza en fiestas, y son muy pocos lo que de
verdad lo hacen.
Hornean pan en un horno colectivo, porque el sabor es mejor, y no buscan con
desespero el pragmatismo. Y cada semana, por lo menos una vez, se lavan en los
baños públicos o hammams, para quitarse de encima los pecados y las malas
energías.
No es que un mundo esté bien y el otro mal. Mi conclusión muy personal: en los
dos mundos se cometen atrocidades de niveles inhumanos. Y aunque no quisiera,
por nada del mundo, haber nacido del otro lado de esta tierra, admiro su pasión
por su cultura, su religión y sus tradiciones. Todos saben de dónde vienen y
esa es la forma en que considero que uno puede saber hacia dónde va.
Es un favor que nos hacemos a nosotros mismos conocer culturas tan distantes a
las nuestras. Mientras nos detenemos a darle más valor a muchos rasgos de la
nuestra, nos damos cuenta que en este mundo nadie sostiene la verdad, ni mucho
menos una razón absoluta.


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