lunes, 20 de febrero de 2017

Match point para la violencia (otra vez)

La ola de violencia en Venezuela tiene más tiempo de lo que yo tengo viva. Es una condición general de Latinoamérica por su siempre convulso panorama político. No voy a caerles a mentira diciendo que antes de Chávez todo era paz y amor en la patria del Libertador, pero no me caigan a mentira los que dicen que antes se vivía peor que con esta estela de anarquía y salvajismo que ataca cada rincón del país todos los días desde que Hugo Chávez se hizo con el poder. La violencia siempre ha alzado su mano gritando “presente”, pero desde hace 17 años le dieron un megáfono para que a todos, sin importar clase social, nos reviente el tímpano.

En este mar de desdicha al que quedamos reducidos, es tarea ardua elegir cuál de las desgracias que azotan al país es la peor. Si el desabastecimiento que acaba con la dignidad y con la vida; la nulidad de una moneda que cada día exige más trabajo por menos comida; el circo mediático-político al que nos someten mientras el lomo duele de tanta carga; los lujos de la burguesía política de turno en detrimento del hambre del pueblo o los arrebatos de la propiedad privada y de la vida por parte del hampa. Se me va de las manos la elección. Es todo y es una sola la que me hace soltar lágrimas de impotencia, porque, como la hydra, es un monstruo de mil cabezas que se muestra invencible: cortas una y salen dos más, y así vamos.

Tengo fuera de Venezuela poco más de un año y mi familia sigue allá, por lo que me doy por aludida en todas y cada una de las líneas de este texto. Y corríjanme si me equivoco en esta percepción, pero la violencia tiene un modus operandi distinto a las demás: aunque siempre latente, siempre persiguiéndonos, ella viene y va. Se hace visible de zopetón y luego te deja tranquilo un rato, como para que bajes la guardia y en su retorno, te agarre completamente desprevenido. De hecho, estamos tan acostumbrados a llevar su fantasma en los hombros, que creemos que ya sabemos reaccionar, que nos maltrata pero que lo veíamos venir. Nos juega sucio, porque hasta nos hace engañarnos con nuestro propio ego y, la verdad, es que siempre que vuelve nos destroza. Nos vuelve mínimos, nos deja marca.

Lo escribo porque es lo que me acaba de pasar. Estuve en Venezuela hace dos meses y pensaba que la paranoia iba a ser incontrolable, pero no fue así: volví a la usual, a saberme en peligro pero “pendiente” del mismo. Como si eso pudiera solucionar mucho… Pero el único consuelo es pensar que puede ser así. Yo misma me salvé, por estar pendiente, de dos robos, entonces pensaba que le había ganado a la violencia, pero no era así. No fue hasta ayer en la cena que sentí que volvió, me golpeó y me desarmó otra vez. Ayer, cuando leí que a una amiga que mide poco más de metro y medio habían roto la cara a puñetazos por quitarle un teléfono. Se acumuló con la noticia que leí la semana pasada sobre otro amigo, del mismo medio, por cierto, al que le habían disparado en el pecho para robarlo. Está vivo, sí, pero ahí tiene la cicatriz. Se me juntó también con la noticia de Derek Manaure, una cara visible dentro de las miles -que ahora son sólo estadísticas- que han quedado asesinadas, no solo por el hampa sino por la impunidad.

Así, de golpe, de la nada, cuando menos me lo esperaba, la violencia me volvió a gritar en el oído. Me recordó que existe, que no se va, que ella llegó antes de que yo naciera y su plan es quedarse, porque así está en mi pasaporte. Porque a más de 7.000 kilómetros de casa, no nos escapamos. No mientras los que amemos sigan ahí, no mientras mis afectos tengan allá su raíz; no mientras aquel haya sido mi hogar por 24 años. Está en nuestro pasado, en nuestro presente y nuestro futuro. Está apadrinada, está auspiciada por un gobierno al que poco (o nada) le importa su gente. Tiene poder- y muy grande-, hasta desde los lugares donde se supone que la mandamos a encerrar. Es el arma más grande del ignorante, del flojo y hasta del que pasa hambre.

Yo de necia, hasta hoy, pensaba que en varias ocasiones había logrado vencerla, pero no podría estar más equivocada: me habré zafado de unos cuantos robos, habré volado a otro país, seré de las primeras defensoras de la palabra y el civismo; pero mientras tema, mientras toque a zarpazos mis círculos cercanos, ella gana.

No se equivoquen, no voy a dejar de pelearme con ella. Pero hay que destruirla de raíz y, en Venezuela, la violencia no solo tiene forma de fantasma, tiene forma de gobierno y de pueblo. No sirve con que cambie una sola, deben cambiar las dos y, hasta que eso no ocurra, el match point es para ella.