La ola de violencia en Venezuela
tiene más tiempo de lo que yo tengo viva. Es una condición general de Latinoamérica
por su siempre convulso panorama político. No voy a caerles a mentira diciendo
que antes de Chávez todo era paz y amor en la patria del Libertador, pero no me
caigan a mentira los que dicen que antes se vivía peor que con esta estela de
anarquía y salvajismo que ataca cada rincón del país todos los días desde que
Hugo Chávez se hizo con el poder. La violencia siempre ha alzado su mano
gritando “presente”, pero desde hace 17 años le dieron un megáfono para que a
todos, sin importar clase social, nos reviente el tímpano.
En este mar de desdicha al que
quedamos reducidos, es tarea ardua elegir cuál de las desgracias que azotan al
país es la peor. Si el desabastecimiento que acaba con la dignidad y con la
vida; la nulidad de una moneda que cada día exige más trabajo por menos comida;
el circo mediático-político al que nos someten mientras el lomo duele de tanta carga;
los lujos de la burguesía política de turno en detrimento del hambre del pueblo
o los arrebatos de la propiedad privada y de la vida por parte del hampa. Se me
va de las manos la elección. Es todo y es una sola la que me hace soltar
lágrimas de impotencia, porque, como la hydra, es un monstruo de mil cabezas
que se muestra invencible: cortas una y salen dos más, y así vamos.
Tengo fuera de Venezuela poco más
de un año y mi familia sigue allá, por lo que me doy por aludida en todas y
cada una de las líneas de este texto. Y corríjanme si me equivoco en esta
percepción, pero la violencia tiene un modus operandi distinto a las demás:
aunque siempre latente, siempre persiguiéndonos, ella viene y va. Se hace
visible de zopetón y luego te deja tranquilo un rato, como para que bajes la
guardia y en su retorno, te agarre completamente desprevenido. De hecho,
estamos tan acostumbrados a llevar su fantasma en los hombros, que creemos que
ya sabemos reaccionar, que nos maltrata pero que lo veíamos venir. Nos juega
sucio, porque hasta nos hace engañarnos con nuestro propio ego y, la verdad, es
que siempre que vuelve nos destroza. Nos vuelve mínimos, nos deja marca.
Lo escribo porque es lo que me
acaba de pasar. Estuve en Venezuela hace dos meses y pensaba que la paranoia
iba a ser incontrolable, pero no fue así: volví a la usual, a saberme en
peligro pero “pendiente” del mismo. Como si eso pudiera solucionar mucho… Pero
el único consuelo es pensar que puede ser así. Yo misma me salvé, por estar
pendiente, de dos robos, entonces pensaba que le había ganado a la violencia,
pero no era así. No fue hasta ayer en la cena que sentí que volvió, me golpeó y
me desarmó otra vez. Ayer, cuando leí que a una amiga que mide poco más de
metro y medio habían roto la cara a puñetazos por quitarle un teléfono. Se acumuló
con la noticia que leí la semana pasada sobre otro amigo, del mismo medio, por
cierto, al que le habían disparado en el pecho para robarlo. Está vivo, sí, pero
ahí tiene la cicatriz. Se me juntó también con la noticia de Derek Manaure, una
cara visible dentro de las miles -que ahora son sólo estadísticas- que han
quedado asesinadas, no solo por el hampa sino por la impunidad.
Así, de golpe, de la nada, cuando
menos me lo esperaba, la violencia me volvió a gritar en el oído. Me recordó
que existe, que no se va, que ella llegó antes de que yo naciera y su plan es
quedarse, porque así está en mi pasaporte. Porque a más de 7.000 kilómetros de
casa, no nos escapamos. No mientras los que amemos sigan ahí, no mientras mis
afectos tengan allá su raíz; no mientras aquel haya sido mi hogar por 24 años.
Está en nuestro pasado, en nuestro presente y nuestro futuro. Está apadrinada,
está auspiciada por un gobierno al que poco (o nada) le importa su gente. Tiene
poder- y muy grande-, hasta desde los lugares donde se supone que la mandamos a
encerrar. Es el arma más grande del ignorante, del flojo y hasta del que pasa
hambre.
Yo de necia, hasta hoy, pensaba
que en varias ocasiones había logrado vencerla, pero no podría estar más
equivocada: me habré zafado de unos cuantos robos, habré volado a otro país,
seré de las primeras defensoras de la palabra y el civismo; pero mientras tema,
mientras toque a zarpazos mis círculos cercanos, ella gana.
No se equivoquen, no voy a dejar
de pelearme con ella. Pero hay que destruirla de raíz y, en Venezuela, la
violencia no solo tiene forma de fantasma, tiene forma de gobierno y de pueblo.
No sirve con que cambie una sola, deben cambiar las dos y, hasta que eso no
ocurra, el match point es para ella.
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