Siempre bien peinada y algo apurada, entró al supermercado
que frecuentaba cuando vivía a unas cuadras de ahí. Habían pasado 5 años desde
que sus conversaciones con su esposo rindieron frutos y se mudaron aún más al
este de la ciudad.
Su primer instinto fue apretarse más al cuerpo la cartera de
cuero color “camel”. Frunció el ceño y arrugó la nariz cuando el olor a carne
le llegó a las fosas nasales. Quitó rápidamente la expresión de asco, se
acomodó la camisa de botones Tommy Hilfiger y miró frenéticamente hacia los
lados. Nadie parecía haberla visto. Tomó un carrito oxidado con una hoja de
lechuga podrida y lo cambió por otro más oxidado pero libre de legumbres
pasadas.
Comenzó a recorrer los pasillos buscando algo de lo que le
hacía falta en casa. Sabía que era poco probable que estuviera todo “pero es
que en este supermercado no hay nada”, dijo en un susurro para sí misma. Vio en
un anaquel algunos paquetes con frutos secos y tomó uno de pasas.
Continuó su recorrido observando los estantes vacíos y a la
gente que pasaba por su lado. Iban desde las mujeres con la expresión que
adivinaba que ella misma tenía, perdidas entre los pasillos buscando comida que
no encontraban; hasta aquellos que tenían un paso rápido y que se iban con las
manos vacías. Otros se aglomeraban en una esquina en lo que supuso era la
nevera de los lácteos. Había llegado la mantequilla.
Terminó de caminar por el supermercado, todavía con paso
lento, mientras miraba de un lado a otro, ya sin la esperanza de encontrar lo
que buscaba –o cualquier otra cosa- sino tratando de comprender en qué momento
había cambiado tanto el lugar que frecuentaba semanalmente.
Se dirigió a la caja, esquivando un charco de líquido
blanquecino en el pasillo de los productos
de limpieza y empezó a hacer la cola detrás de una señora de mediana
edad, en chancletas con 6 envases de mantequilla en la mano y un kilo de
caraotas.
Llegó su turno y sacó el paquete de pasas del carrito. Lo
puso en la banda corrediza, adornada con otra hoja de lechuga podrida: “Capaz vienen
de la misma lechuga, de hace como 3 días”, pensó con molestia.
-Este
supermercado está horrible… Esto no era así- le salió un hilo de voz, pero lo
sentía como un grito desesperado en busca de apoyo.
Obtuvo
un silencio sepulcral de la cajera con sobrepeso y exceso de sombra azul en los
párpados que le daban marco a una mirada llena de fastidio y –supuesto-
cansancio.
-Como
el país… Todo parece un rancho- prosiguió mirando hacia la mujer que tenía
atrás, que también cargaba 6 envases de mantequilla. De ella obtuvo una mueca
con la boca de lado mientras se encogía de hombros.
Pagó
las pasas, las metió en una bolsa después de buscar sin éxito con la mirada al
muchachito que siempre espera ansioso hacerlo por una propina. Salió del
supermercado con un paso más apurado, la cartera más apretada al cuerpo y
revisando sus mocasines azul marino y el ruedo de sus pantalones caqui por si
vislumbraba algún rastro del líquido blanquecino. “Y todo el mundo ya se
resignó, eso es lo que nos tiene así”, pensó indignada.
Se metió en su Toyota Camry, colocó la bolsa con las pasas
en el asiento del copiloto y encendió el carro. Volvió a tomar las pasas y
cuando estuvo a punto de rasgar el paquete, se detuvo en seco. Las devolvió a
la bolsa y arrancó. “Mejor las guardo para cuando las necesite”.
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