viernes, 7 de noviembre de 2014

Llegó la mantequilla


Siempre bien peinada y algo apurada, entró al supermercado que frecuentaba cuando vivía a unas cuadras de ahí. Habían pasado 5 años desde que sus conversaciones con su esposo rindieron frutos y se mudaron aún más al este de la ciudad.

Su primer instinto fue apretarse más al cuerpo la cartera de cuero color “camel”. Frunció el ceño y arrugó la nariz cuando el olor a carne le llegó a las fosas nasales. Quitó rápidamente la expresión de asco, se acomodó la camisa de botones Tommy Hilfiger y miró frenéticamente hacia los lados. Nadie parecía haberla visto. Tomó un carrito oxidado con una hoja de lechuga podrida y lo cambió por otro más oxidado pero libre de legumbres pasadas.

Comenzó a recorrer los pasillos buscando algo de lo que le hacía falta en casa. Sabía que era poco probable que estuviera todo “pero es que en este supermercado no hay nada”, dijo en un susurro para sí misma. Vio en un anaquel algunos paquetes con frutos secos y tomó uno de pasas.

Continuó su recorrido observando los estantes vacíos y a la gente que pasaba por su lado. Iban desde las mujeres con la expresión que adivinaba que ella misma tenía, perdidas entre los pasillos buscando comida que no encontraban; hasta aquellos que tenían un paso rápido y que se iban con las manos vacías. Otros se aglomeraban en una esquina en lo que supuso era la nevera de los lácteos. Había llegado la mantequilla.

Terminó de caminar por el supermercado, todavía con paso lento, mientras miraba de un lado a otro, ya sin la esperanza de encontrar lo que buscaba –o cualquier otra cosa- sino tratando de comprender en qué momento había cambiado tanto el lugar que frecuentaba semanalmente.

Se dirigió a la caja, esquivando un charco de líquido blanquecino en el pasillo de los productos  de limpieza y empezó a hacer la cola detrás de una señora de mediana edad, en chancletas con 6 envases de mantequilla en la mano y un kilo de caraotas.

Llegó su turno y sacó el paquete de pasas del carrito. Lo puso en la banda corrediza, adornada con otra hoja de lechuga podrida: “Capaz vienen de la misma lechuga, de hace como 3 días”, pensó con molestia.
                -Este supermercado está horrible… Esto no era así- le salió un hilo de voz, pero lo sentía como un grito desesperado en busca de apoyo.
                Obtuvo un silencio sepulcral de la cajera con sobrepeso y exceso de sombra azul en los párpados que le daban marco a una mirada llena de fastidio y –supuesto- cansancio.
                -Como el país… Todo parece un rancho- prosiguió mirando hacia la mujer que tenía atrás, que también cargaba 6 envases de mantequilla. De ella obtuvo una mueca con la boca de lado mientras se encogía de hombros.

                Pagó las pasas, las metió en una bolsa después de buscar sin éxito con la mirada al muchachito que siempre espera ansioso hacerlo por una propina. Salió del supermercado con un paso más apurado, la cartera más apretada al cuerpo y revisando sus mocasines azul marino y el ruedo de sus pantalones caqui por si vislumbraba algún rastro del líquido blanquecino. “Y todo el mundo ya se resignó, eso es lo que nos tiene así”, pensó indignada.


Se metió en su Toyota Camry, colocó la bolsa con las pasas en el asiento del copiloto y encendió el carro. Volvió a tomar las pasas y cuando estuvo a punto de rasgar el paquete, se detuvo en seco. Las devolvió a la bolsa y arrancó. “Mejor las guardo para cuando las necesite”. 

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