sábado, 20 de febrero de 2016

¿Soy libre?

Estaba disfrutando muchísimo la libertad de caminar en paz por las calles de esta ciudad europea que siempre había sentido tan cercana a casa. Las bondades de este lado del charco a veces se hacían incontables. Eso de caminar sin miedo, del transporte público cronometrado, de los supermercados completamente abastecidos, de lo barato que podía resultar hacer cualquier cosa para distraerse (siempre y cuando ganaras en Euros, claro). La libertad de vivir sin tus padres, de disponer de tus horarios, la limpieza, lavar la ropa, hacer las compras. La libertad de vivir solo.

Me dispuse a ir al cine -de las cosas favoritas en mi mundo-, buscando, claro está, el día en el que la entrada está a mitad de precio y, por supuesto, en un lugar donde la película elegida estuviera en versión original, subtitulada al español. Compramos las entradas, nos gastamos un ojo de la cara en la caramelería -porque hay cosas que en todo el mundo son exactamente iguales- y entramos a la sala. Disfruté de la película, porque las escojo concienzudamente para no sentir que boté "mi" dinero. Tomé mis cosas, y me puse en línea para salir de la sala mientras se hacía el embudo frente a las puertas.

Salí, seguí comentando la película y corrí al siguiente piso del centro comercial para tomar el ascensor que sé que poca gente sabe que existe. Me gusta llegar a la taquilla de pago del estacionamiento antes que los demás, porque si no, la cola se hace muy larga. Lo logré. Nos montamos en el carro y salimos.

Recibí un mensaje de mi mamá para comprar pan, así que nos paramos en la panadería de siempre. Me bajé corriendo porque no había puesto y le dije que diera vueltas mientras tanto. Era muy peligroso quedarse ahí parado con el carro a esa hora. Corrí a la panadería y dentro tome lo usual: pan canilla, jamón, queso -¡qué caro!-, té frío de durazno, jugo de naranja. Pagué con la tarjeta de mamá. Salí, corrí al carro, me monté y acelerón hasta casa. Tomé rápido el control del estacionamiento para presionar el botón incesantemente hasta que abriera el portón. Mientras más rápido, mejor.

Abrí la puerta de casa y estaban, como siempre, todos en la mesa del comedor, esperando el pan, mientras escuchaba los ladridos de mi bebé al otro lado de la puerta de la cocina. Se había portado mal. Así que saludé por encima y entre directo a verla y limpiar el desastre que había hecho. Luego, acompañé a todos en la mesa. Recomendamos la película que seguro ninguno iría a ver al cine, comentamos lo caro del queso, lo rico del pan, el día de trabajo, el chiste que recibieron por Whatsapp, reímos.

Por fin logramos zafarnos del embudo y salir. Los 5 grados me pegaron de golpe en la cara. Sentí el peso del abrigo en mis manos y me lo puse rápido, casi de forma automática. Estaba en plena calle con adoquines, en medio de un murmullo en otro acento. Comencé a andar en silencio. Después comentaría la película. Estaba gozando de la libertad de tomar el metro a esa hora de la noche, de la libertad de llegar a casa sin tener que decir dónde estuve. Era buena esa libertad. ¿No? Pero ¿qué sucede cuando te das cuenta que no gozas de la libertad que en realidad deseas? La libertad de estar, exactamente, en el lugar donde quieres estar. Esa, hoy, no la tengo.

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