viernes, 30 de septiembre de 2016

No estoy esperando que me digan que estoy flaca


Los que me conocen desde hace poco son los más fanáticos de llamarme exagerada cuando expreso mi miedo por comer algo, pero los que me conocen desde hace años, aunque no me entienden, sí saben cómo era yo. Una adolescente con unos 12 kilogramos demás. Sí, no era “gorda”, pero tenía un peso incómodo. De esos que no te dejan sentirte bien contigo misma y te hacen pensar y repensar la ropa que te estás poniendo.

No me creo en la posición de entender del todo las luchas por las que pasan las personas con mayor sobrepeso al que yo tuve, pero quiero que sepan que sí entiendo varias, especialmente cuando se es adolescente: sé lo que se siente pensarte la menos agraciada del grupo, la última que van a mirar en una fiesta, odiar por completo ir a la playa o la piscina, sufrir para encontrar la talla de pantalón que llevas e imaginarte un atuendo maravilloso en tu cabeza, ponértelo, verte al espejo y quedar completamente decepcionada.

Yo decidí, hace varios años, hacer un cambio en mi vida, pero llegar a ese punto fue un camino largo y tortuoso. Me costó, como algunas tendrán idea, aceptar que no tenía el metabolismo de las demás. Que mi cuerpo decidió cambiar cuando tenía 15 años y no después del embarazo o de los 25, como le ocurre a muchas. Que ya no podría cenar sándwiches y cereal, o desayunar todos los días una empanada en la cantina del colegio. Porque ¡qué difícil es aceptar eso cuando el resto de tus amigos todavía lo hace! Pero me tocó y lo logré. Yo decidí aceptar que tenía que comer distinto, en vez de aceptar mis kilos demás. Yo no los quería y todavía no los quiero.

Me aceleré el metabolismo a punta de comer cada 3 horas, le di la bienvenida a los vegetales y las proteínas en la noche, e hice de un estilo de vida decir “no” a todas las cosas que me provocaban pero que sabía que me alejaban de mi propósito. Y sí, mi cuerpo ahora es distinto (aunque me falta mucho ejercicio), de hecho ahora me cuesta ganar peso (“qué pajúa”), pero lo que siento que las personas no entienden- y tal vez escribiendo sobre esto si encuentre a quienes se sientan como yo- es que hay una gordita, esa niña a la que tanto desprecié, rondando en mi cabeza todos los días. Esa gordita es la que todavía no se cree la talla que es ahora y todavía busca el pantalón más grande de la tienda, la que se come el chocolate, la hamburguesa o la pizza con gusto pero que se da golpes internos de culpa por haber hecho eso. La que se ve en el espejo y no ve a una flaca, sino a ella misma, todavía muy defectuosa, porque el “antes y después” de Instagram no vive en tu cabeza. La que tiene miedo, todos los días de su vida, de despertarse y encontrarse como antes (o como siempre) y no haberse dado cuenta a tiempo para hacer algo. Así que cuando les digo que me siento gorda, no es porque estoy esperando que me digan que estoy flaca, es porque mi gordita interna está luchando dentro de mí. Está dando patadas de ansiedad, con miedo de montarse en la báscula, con temor de volver al pasado.

Yo creo que ella nunca se va, que se queda con uno. Y no la odio ni un poquito. Ella me enseñó grandes cosas sobre la humildad, sobre el valor interno, sobre mi propia inteligencia y mi poder para lograr hacer las cosas sin contar con cómo me veía. Con ella aprendí a enfrentarme al mundo. Ella me enseñó a ser yo. Puede que nunca logre comer hamburguesa sin sentirme terrible (y eso es bien chimbo porque ustedes saben cuanto AMO comer), pero prefiero su compañía y su sabiduría, prefiero  que me recuerde siempre que para todo se necesita humildad, trabajo y dedicación. La prefiero a ella antes que poseer la arrogancia de sentirme invencible y nunca ser capaz de saborear el éxito conseguido. 

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