jueves, 11 de agosto de 2016

Hay algo en la sangre

Hay algo en la sangre pero no sé si somos pocos los que tenemos el privilegio de sentir esto. A ver: crecí con la familia de mi mamá que es extremadamente unida y cariñosa. De esas son tan pegadas que tiene 854546 millones de potecitos con restos de comida en la nevera porque nadie nunca quiere comerse el último pedazo de nada para dejárselo a los demás.

Siempre conté con su apoyo, siempre tenía un defensor, un cómplice y un compañero. Nada nunca me faltó con ellos; los 24 y los 31 eran apoteósicos porque somos bastantes y  los regalos debajo del árbol de Navidad también. Y, bueno, llegó Chávez y su combo y todos saben cómo terminó eso: cada uno en un lado distinto del mundo, llamándonos por Skype los fines de semana, ahorrándonos los cuentos de los malos ratos porque antes contarlos estaba bien porque estaban ahí para ti y te apoyaban; pero ahora decides no hacerlo porque lo que sientes es que los preocupas porque están lejos y no pueden hacer mucho.

Ahora que estoy separada de casi todos ellos (porque tengo cerca a mis tíos), me di cuenta que es verdad aquello de que los amigos son la familia que uno escoge. Acá nos juntamos y en eso nos convertimos: en los que te acompañan a hacer la diligencia más inútil, los que prestan plata cuando estás pelando, los que te hacen sopa cuando estás enfermo y a los que les lloras cuando estás mal. Tengo una suerte enorme de tenerlos y, si me permiten, les aconsejo que si emigran, busquen un destino donde tengan gente así porque es gran parte de la ayuda para mantener la cordura en el nuevo comienzo.

Y luego está mi familia paterna. No me crié con ellos, no crecí ni cerca. Ellos en Portugal, yo en Venezuela. Llamadas de cumpleaños y era mucho. Pero mis viajes a este lado del mundo fortalecieron ese lazo. No los he visto mucho pero ha sido un descubrimiento hermoso. Me encontré, de pronto, en medio de comidas familiares apoteósicas, de apoyo entre hermanos, de excusas tontas para reunirse y compartir un almuerzo entre todos. Pero lo más bonito fue descubrirme siendo parte de ello. Creo que me cuesta recordar bien cómo me sentí hace unos años con la primera visita pero tengo muy vívido el de ahora y fue hermoso: yo era parte de ellos, sin haber crecido acá, sin que conozcan mis defectos, sin que hayan celebrado conmigo mis logros. Simplemente me acoplé; y yo los quiero y ellos a mí. Me han llenado de amor, me han hecho sentir que están orgullosos de mí y se han acordado de comprar todo lo que me gusta para recibirme.


No tengo otra explicación: hay algo en la sangre. Porque uno es mucho de la experiencia pero también es mucho de su origen, de sus raíces, de saberse parte de algo aunque a penas lo estés descubriendo: una conexión tácita en la que las dos partes sabemos que estamos unidos de alguna forma y debemos hacerle justicia, no por obligación, sino porque se siente bien, correcto. Ha sido maravilloso; pero más hermoso ha sido  darme cuenta que aunque ya no esté cosechando experiencias con los que tanto extraño, todavía están en mis venas, en mis gestos, en mis rasgos.  Hay un sello imborrable de ellos en mí y no necesito Skype para verlos. Tan solo necesito un espejo. 

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