Son muchos los retos de vivir
lejos de casa. De hacer vida a 8mil kilómetros de los que amas, pero son días
como estos en los que sabes que hiciste lo correcto. Porque no es el simple
hecho de que tu perro pueda montarse contigo en el metro, sino todo lo que ello
implica:
Implica que estás en un lugar en
el que puedo caminar con mi cartera y mi perra tranquilas por la calle porque
no temo por mi vida y mis pertenencias como para tener que correr por la calle
para llegar lo más rápido posible a cualquier lugar y así reducir las
probabilidades de que algo malo suceda.
Implica que no me costó un ojo de
la cara comprarle un bozal para poder viajar con ella.
Implica que vivo en una ciudad
donde no tengo que moverme en carro para lugares poco céntricos porque el
transporte público ha recibido las ampliaciones necesarias como para no tener
que hacerlo. Y lo más importante: implica una victoria para Juno y para mí
porque no la hemos tenido fácil durante estos meses ella y yo.
Juno ha tenido un duro proceso de
adaptación porque la saqué de la comodidad de la casa de Caracas, la aparté de
la compañía constante de mi abuelita, de las carcajadas de mis primos, de los
cariños de todos mis tíos al llegar. La saqué de su sitio para traerla a un
apartamento en el que solo estamos tres personas siempre, que la tienen que
dejar solita porque toca cumplir con las responsabilidades. La traje para poder
darle comida sin problema, comprarle los remedios que necesite sin tener que
pelear una cruzada, pero qué poco sabía yo sobre la guerra que me tocaría
librar ahora por ella.
Ha sido tan buena que ya siente
el apartamento como su hogar, nunca tuve que enseñarle donde tenía que hacer
sus necesidades porque desde el día uno asumió el sitio designado y no se
apartó de él. Respeta los lugares en los que puede y no puede montarse, nos
hace compañía en las buenas y en las malas y sigue recibiendo a cada persona en
la puerta como si fuera el ser más especial de su vida. Pero, como los humanos,
Junito no es perfecta. Le cuesta quedarse sola –porque en Caracas nunca lo
estaba-y ladra un rato hasta que acepta que no volveremos hasta dentro de un tiempo.
Por más comprensión que pedí a
mis vecinos durante el proceso de adaptación, no fui lo suficientemente persuasiva
o sonriente para conseguirla. Recibí un “Sí” que nunca lo fue, que se convirtió
en reclamos anónimos y llamadas a mi casero, en lugar de hablar directamente
conmigo. Hasta me levantaron un día a punta de dañarme el timbre de la casa
para gritarme.
Pero poco a poco hemos ganado
terreno en nuestra batalla: nuestro casero es un ángel que se ha dedicado a
defender el derecho que tengo sobre mi casa, sobre mi intimidad y sobre mis
decisiones y las suyas; otro vecino ha desestimado los reclamos de los dos
enemigos porque “la verdad, es que no es para tanto”, y ahora Madrid me dice:
está bien que lleves a tu perro contigo en el metro.
Juno se portó de maravilla,
incluso algo nerviosa -porque odia el bozal con todas sus fuerzas-. Y fue grandioso ver a los funcionarios del metro sonreír
al verla pasar, a los niños querer tocarla y a la gente en el último vagón –donde
se debe montar- emocionada por verla entrar. No todo el mundo es como mis
vecinos.
A esta ciudad, y a sus
habitantes, les falta mucho para ser verdaderamente animal friendly, pero no
pude evitar regocijarme durante nuestros 30 minutos en el metro pensando: Juno,
lo hicimos bien. Nos está costando, pero lo hicimos bien porque te traje a un
buen lugar y confío que, con el tiempo, será aún mejor para ti. Le estamos
ganando a la intolerancia.
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